Día Internacional del Turismo
Estoy de acuerdo con quienes dicen que, si no cabemos todos, es porque alguien se ha despatarrado.
Pero, dependiendo de para qué, somos muchos. Por ejemplo,
para visitar ciertos monumentos o algunos de los lugares naturales más
hermosos. No quiero decir con esto que unos deban poder visitar la playa de las
Catedrales y otros no, ni que unos puedan entrar en la Sagrada Familia y otros
deban quedarse fuera.
Al contrario. Me desdigo: somos los que somos y seremos los
que seremos. Y todos —en realidad, todavía una minoría; ojalá algún día seamos
todos— tenemos derecho a contemplar las obras más hermosas creadas por la mano
del hombre y los lugares más extraordinarios que nos ha regalado la naturaleza.
El problema aparece cuando no cabemos. Porque poner límites
será inevitable.
Entonces habrá que decidir cómo cabemos, cuánto tiempo
podemos quedarnos, cuánto estamos dispuestos a esperar o qué límites debemos
aceptar para que aquello que queremos disfrutar siga existiendo mañana.
El problema no es que seamos muchos. El problema es quién
decide quién cabe, con qué criterio y, sobre todo, quién acaba pagando el
precio.