lunes, 1 de junio de 2026

LA28 Olympic Games

The modern Olympic Games begin with a beautiful ceremony: the lighting of the Olympic flame in Olympia. From there, the flame travels to the host city — in this case, Los Angeles — where it lights the cauldron, symbolizing a light that, for a few days, seems to shine over a world untouched by wars and human misery. It is a truly beautiful moment.

Before that moment comes the parade of all the participating nations. More than two hundred delegations walking through the stadium inevitably makes this part of the ceremony rather long. But beyond that, I have always felt that this parade by countries does not fully reflect the Olympic spirit: “friendship, respect, and the pursuit of excellence.”

I believe the ceremony would be more dynamic and, at the same time, more faithful to that spirit of brotherhood and unity if the parade were organized not by countries, but by sports.

Let me explain.

The parade could begin with the flag bearers of every nation walking together, each carrying their country’s flag. Behind them would come the different sports: athletics, gymnastics, swimming… Each athlete could also carry, if desired, a small flag representing their country.

In this way, there would be thirty-five groups of athletes instead of more than two hundred delegations, making the parade far more fluid. But that would not be the most important thing.

What would truly be beautiful would be seeing all the athletes of the same sport marching together, regardless of their country of origin, the color of their skin, or their religion. Seeing people united by the same passion, walking side by side beyond borders.

To me, that image feels much closer to the true Olympic spirit.

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Los Juegos Olímpicos de la era moderna comienzan con una hermosa ceremonia: el encendido de la llama olímpica en Olimpia. Desde allí, el fuego viaja hasta la ciudad anfitriona —en este caso, Los Ángeles— para prender el pebetero y simbolizar una luz que, durante unos días, parece iluminar un mundo ajeno a guerras y miserias humanas. Es un momento verdaderamente hermoso.

Antes de ese instante tiene lugar el desfile de las delegaciones de todos los países participantes. Más de doscientas delegaciones recorriendo el estadio convierten inevitablemente esa parte de la ceremonia en algo algo larga. Pero, más allá de eso, siempre he pensado que ese desfile por países no termina de encajar del todo con el espíritu olímpico: “amistad, respeto y búsqueda de la excelencia”.

Creo que la ceremonia sería más ágil y, al mismo tiempo, más coherente con esa idea de hermandad y unión si el desfile no se hiciese por países, sino por deportes.

Me explico.

El desfile podría comenzar con los abanderados de todos los países juntos, cada uno portando la bandera de su nación. Detrás desfilarían los distintos deportes: atletismo, gimnasia, natación… Cada deportista podría llevar, si así se desea, una pequeña bandera de su país.

De esta forma habría treinta y cinco grupos de deportistas, y no más de doscientos, lo que haría el desfile mucho más dinámico. Pero lo más importante no sería eso.

Lo verdaderamente hermoso sería ver a todos los deportistas de un mismo deporte desfilando juntos, sin importar su país de origen, el color de su piel o su religión. Ver a quienes comparten la misma pasión caminando unidos, más allá de las fronteras.

Esa imagen me parece mucho más cercana al verdadero espíritu olímpico.

viernes, 8 de mayo de 2026

Verano en el otoño de la vida

Hoy es mi último día de vida laboral.

De las muchas definiciones de libertad que he escuchado, la que más me cautiva es la que se atribuye a Aristóteles: “Libre es aquel que está donde quiere estar y con quien quiere estar”. He pasado mi vida en un lugar sin costa, pero amo el mar. He convivido la mayor parte de mi tiempo con personas con las que no deseaba estar. La conclusión es sencilla.

Hoy, por fin, aunque me resulte difícil estar donde deseo —mis obligaciones paternofiliales me lo impiden—, al menos podré elegir mi compañía. Seré, al menos, medio libre. Y eso no es poco. Quien ha estado encerrado durante cuarenta y cinco años, u obligado a cumplir una rutina (apenas hay diferencia), puede encontrarse perdido al abrirse la puerta. Tal es la devastación que un trabajo alienante o compartido con personas alienadas puede producir en quien, habiendo nacido para la libertad, ha vivido rodeado de "nacidos para esclavos".

En esto también me remito a Aristóteles: “Hay personas que nacen para esclavos”. No sé si lo decía para justificar el derecho griego a la esclavitud o si se refería a una mentalidad (la diferencia es abismal). Yo me quedo con lo segundo. Desde luego, haberlas, haylas; yo he conocido a muchas. El único matiz que añadiría es que no creo que se nazca con mentalidad de esclavo, sino con genética de esclavo. Este matiz me llevaría por un camino largo que me desviaría de mi propósito hoy: liberarme de las cadenas y del yugo al que tantos años estuve uncido por el simple hecho de haber nacido en una familia pobre.

(Continuará…)


viernes, 1 de mayo de 2026

Vidas perdidas

Los malos trabajos son máquinas de destruir personas. Ya lo dijo Traven en su libro La nave de los muertos: “No se puede exigir que los trabajadores sean decentes, corteses y educados cuando no se les ofrecen las condiciones para que se muestren así. La mugre y el sudor manchan más por dentro que por fuera.” Cada día, cuando llego al trabajo, me encuentro a las señoras de la limpieza. Su mirada, su piel, su ropa, su conversación,… De camino a mi mesa de trabajo me cruzo con compañeros informáticos. Su mirada, su manera de caminar, su forma de saludar (quien lo hace, que son los menos)… Fracasadas unas, fracasados otros. No de la misma manera, ni en el mismo grado. Al menos los informáticos trabajan poco físicamente y lo que les destruye es que lo que hacen sea, la mayor parte de las veces, inútil, al que sumar el comportamiento degradante de sus responsables (jefes, como les gusta que les llamen), que en lugar de preocuparse por el bienestar personal de sus colaboradores lo que hacen es fastidiarles y complicarles la vida. Las mujeres de la limpieza sufren, además del trato vejatorio de responsables irresponsables, la degradación física y mental que supone un trabajo duro y rutinario. Mujeres que podían haber disfrutado del arte, de las relaciones humanas fértiles, de las tareas enriquecedoras, de los placeres de la vida han sido obligadas, para poder sobrevivir, a renunciar a todo lo que nos hace humanos para someterse a tiranos. Quien no lo vive no lo comprende. Ni esto ni nada. Sólo se sufre en piel propia. Los sensibles, que algunos hay, sabrán disculparme.