jueves, 1 de octubre de 2026

Octubre 2026

  1. En un pueblo de tontos el listo es el tonto
  2. Y quien fue despreciado paga con desprecio
  3. ¿De qué sirve hablar si no te está escuchando?
  4. Me cuesta entender a los que no tienen nada que contarme
  5. He encontrado un camino, no es mi camino, pero es un camino
  6. Quien no disfruta de las ventajas de la modernidad sufre sus inconvenientes
  7. Pocas cosas hay más gratificantes que hablar sin miedo de temas que tememos
  8. Cuando descubres la estupidez de la gente puedes aprovecharte o apartarte. Tú eliges
  9. ¿Cuándo todo es importante, nada es importante? ¿Cuándo nada es importante, todo es importante?
  10. No des al sacrificio más valor del que pueda tener. Hay caminos arduos que conducen a precipicios

domingo, 27 de septiembre de 2026

¿Cabemos todos?

Día Internacional del Turismo

Estoy de acuerdo con quienes dicen que, si no cabemos todos, es porque alguien se ha despatarrado.

Pero, dependiendo de para qué, somos muchos. Por ejemplo, para visitar ciertos monumentos o algunos de los lugares naturales más hermosos. No quiero decir con esto que unos deban poder visitar la playa de las Catedrales y otros no, ni que unos puedan entrar en la Sagrada Familia y otros deban quedarse fuera.

Al contrario. Me desdigo: somos los que somos y seremos los que seremos. Y todos —en realidad, todavía una minoría; ojalá algún día seamos todos— tenemos derecho a contemplar las obras más hermosas creadas por la mano del hombre y los lugares más extraordinarios que nos ha regalado la naturaleza.

El problema aparece cuando no cabemos. Porque poner límites será inevitable.

Entonces habrá que decidir cómo cabemos, cuánto tiempo podemos quedarnos, cuánto estamos dispuestos a esperar o qué límites debemos aceptar para que aquello que queremos disfrutar siga existiendo mañana.

El problema no es que seamos muchos. El problema es quién decide quién cabe, con qué criterio y, sobre todo, quién acaba pagando el precio.

martes, 1 de septiembre de 2026

Patriotismo: amor a lo propio, indiferencia a lo ajeno

Existe una necesidad humana de pertenencia, de formar parte de una tribu: un partido político, un club de fútbol, una universidad, incluso una profesión. Esa necesidad es buena. El problema aparece cuando la pertenencia necesita un excluido para afirmarse.

El patriotismo, en su esencia más pura, es un amor activo: es el cuidado por el entorno común, el compromiso con mejorar lo que se hereda y la gratitud por el suelo que nos sostiene. Ese amor no es malo; es, de hecho, un motor de cohesión social.

El problema surge cuando ese amor, en lugar de ser una relación viva y crítica con la propia comunidad, se convierte en una adhesión irreflexiva a símbolos que no se cuestionan. Ese patriotismo ya no es amor por lo que es, sino por lo que representa una idea fija de uno mismo, y al ser fijo, necesita defenderse de todo lo que lo cuestione.

No se trata de dejar de sentir orgullo o amor por lo propio, sino de no dejar que ese amor nos vuelva sordos y ciegos ante la riqueza y el dolor de lo ajeno. El verdadero patriotismo no es el que ondea banderas, sino el que se ocupa de que en el propio territorio quepan muchas historias, muchas procedencias y muchos futuros posibles.

El problema no es amar lo propio, es necesitar que lo ajeno valga menos para que lo propio valga más.