domingo, 1 de marzo de 2026

Una vida propia

 Dedicado a mi hermana

 

Las mujeres de clase media han reclamado, y siguen reclamando, una habitación propia, un espacio donde disponer libremente de su tiempo para escribir. Para no verse obligadas a esconderse, como tuvo que hacer Jane Austen, escribiendo en secreto para que ni las visitas ni las criadas sospecharan de sus verdaderas ocupaciones.

Las criadas no reclamaban, ni reclaman, una vida propia, una oportunidad para aprender a leer y escribir que les brinde, siquiera remotamente, la posibilidad de desarrollar sus inquietudes más humanas y dejar atrás la degradación de servir como esclavas de su propia especie. Para así poder escribir sin odio, sin amargura, sin temor, sin protesta ni sermones.

Si Jane Austen sufrió en algún modo por culpa de las circunstancias, fue por la estrechez de la vida que le impusieron. En aquella época, una mujer no podía recorrer sola las calles. Nunca viajó; nunca cruzó Londres en ómnibus ni almorzó sola en una tienda. Como no lo hizo, ni lo hará nunca, una criada de Jane Austen, porque, quizás, como ella, no suelen desear aquello que nunca han tenido. La imposibilidad de desarrollar su talento y el modo de vida impuesto parecen encajar sin resistencia.

Siento tristeza por tantas y tantas mujeres de clase media y alta sociedad que han visto, y siguen viendo, cercenados sus talentos y su vida constreñida por una sociedad patriarcal. Pero también la siento por aquellas criadas, por esas trabajadoras esclavas que ni siquiera han podido imaginar lo que significa vivir. Sus talentos han sido truncados, su existencia reducida a la supervivencia dentro de un sistema capitalista en el que nacer mujer y pobre equivale a existir solo para que los y las privilegiadas (que pueden tener más capacidades, pero también menos, o incluso ninguna) desarrollen su vida con plenitud.

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