Dedicado a mi hermana
Las mujeres de
clase media han reclamado, y siguen reclamando, una habitación propia, un
espacio donde disponer libremente de su tiempo para escribir. Para no verse
obligadas a esconderse, como tuvo que hacer Jane Austen, escribiendo en secreto
para que ni las visitas ni las criadas sospecharan de sus verdaderas
ocupaciones.
Las criadas no
reclamaban, ni reclaman, una vida propia, una oportunidad para aprender a leer
y escribir que les brinde, siquiera remotamente, la posibilidad de desarrollar
sus inquietudes más humanas y dejar atrás la degradación de servir como
esclavas de su propia especie. Para así poder escribir sin odio, sin amargura,
sin temor, sin protesta ni sermones.
Si Jane Austen
sufrió en algún modo por culpa de las circunstancias, fue por la estrechez de
la vida que le impusieron. En aquella época, una mujer no podía recorrer sola
las calles. Nunca viajó; nunca cruzó Londres en ómnibus ni almorzó sola en una
tienda. Como no lo hizo, ni lo hará nunca, una criada de Jane Austen, porque,
quizás, como ella, no suelen desear aquello que nunca han tenido. La
imposibilidad de desarrollar su talento y el modo de vida impuesto parecen
encajar sin resistencia.
Siento tristeza
por tantas y tantas mujeres de clase media y alta sociedad que han visto, y
siguen viendo, cercenados sus talentos y su vida constreñida por una sociedad
patriarcal. Pero también la siento por aquellas criadas, por esas trabajadoras
esclavas que ni siquiera han podido imaginar lo que significa vivir. Sus
talentos han sido truncados, su existencia reducida a la supervivencia dentro
de un sistema capitalista en el que nacer mujer y pobre equivale a existir solo
para que los y las privilegiadas (que pueden tener más capacidades, pero
también menos, o incluso ninguna) desarrollen su vida con plenitud.
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