Hoy es mi último día de vida laboral.
De las muchas definiciones de
libertad que he escuchado, la que más me cautiva es la que se atribuye a
Aristóteles: “Libre es aquel que está donde quiere estar y con quien quiere
estar”. He pasado mi vida en un lugar sin costa, pero amo el mar. He convivido
la mayor parte de mi tiempo con personas con las que no deseaba estar. La
conclusión es sencilla.
Hoy, por fin, aunque me
resulte difícil estar donde deseo —mis obligaciones paternofiliales me lo
impiden—, al menos podré elegir mi compañía. Seré, al menos, medio libre. Y eso
no es poco. Quien ha estado encerrado durante cuarenta y cinco años, u obligado
a cumplir una rutina (apenas hay diferencia), puede encontrarse perdido al
abrirse la puerta. Tal es la devastación que un trabajo alienante o compartido
con personas alienadas puede producir en quien, habiendo nacido para la
libertad, ha vivido rodeado de "nacidos para esclavos".
En esto también me remito
a Aristóteles: “Hay personas que nacen para esclavos”. No sé si lo decía para
justificar el derecho griego a la esclavitud o si se refería a una mentalidad
(la diferencia es abismal). Yo me quedo con lo segundo. Desde luego, haberlas,
haylas; yo he conocido a muchas. El único matiz que añadiría es que no creo que
se nazca con mentalidad de esclavo, sino con genética de esclavo. Este matiz me
llevaría por un camino largo que me desviaría de mi propósito hoy: liberarme de
las cadenas y del yugo al que tantos años estuve uncido por el simple hecho de haber nacido en una familia pobre.
(Continuará…)
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