Existe una necesidad humana de pertenencia, de formar parte de una tribu: un partido político, un club de fútbol, una universidad, incluso una profesión. Esa necesidad es buena. El problema aparece cuando la pertenencia necesita un excluido para afirmarse.
El patriotismo, en su esencia más
pura, es un amor activo: es el cuidado por el entorno común, el compromiso con
mejorar lo que se hereda y la gratitud por el suelo que nos sostiene. Ese amor
no es malo; es, de hecho, un motor de cohesión social.
El problema surge cuando ese amor,
en lugar de ser una relación viva y crítica con la propia comunidad, se
convierte en una adhesión irreflexiva a símbolos que no se cuestionan. Ese
patriotismo ya no es amor por lo que es, sino por lo
que representa una idea fija de uno mismo, y al ser fijo, necesita
defenderse de todo lo que lo cuestione.
No se trata de dejar de sentir
orgullo o amor por lo propio, sino de no dejar que ese amor nos vuelva sordos y
ciegos ante la riqueza y el dolor de lo ajeno. El verdadero patriotismo no
es el que ondea banderas, sino el que se ocupa de que en el propio territorio
quepan muchas historias, muchas procedencias y muchos futuros posibles.
El problema no es amar lo propio, es necesitar que lo ajeno valga menos para que lo propio valga más.