Regreso a la Universidad después
de 40 años en el exilio. Ese podría ser el inicio de una carta escrita por un
profesor expulsado de su país por una dictadura. La mía es la de un alumno
expulsado de la cultura por el capitalismo.
Después de toda una vida de
esclavo, por fin regreso a la universidad. No es como lo había imaginado.
Durante décadas soñé con que llegara ese momento de liberación para estudiar:
primero filosofía, después biología y, por último, terminar la carrera de física
que dejé a medias porque me resultó imposible compaginar el trabajo con el
estudio. Pero no tengo las fuerzas que creía que tendría, y ya no voy a
estudiar una carrera completa. Me conformo con los cursos para mayores de la
UNED: no son estudios oficiales, pero el conocimiento no necesita sellos
oficiales ni firmas de rectores.
Llevaba varias semanas inquieto,
deseando que llegara este día, esta hora, este momento. Deseando volver
—empezar, se podría decir— a aprender, a humanizarme. Atrás queda una vida
laboral empobrecedora y deshumanizadora (mis buenos amigos saben a qué me refiero).
Por delante, la ilusión y los nervios del niño que regresa al colegio después
de las vacaciones de verano.
Una de las ventajas de las que
disfruta el hombre libre frente al esclavo es la de disponer de tiempo, quizá
la mayor riqueza que se pueda poseer. Y yo ahora la tengo. Sin prisas, por fin,
voy, por fin, a donde quiero ir. Llego con una hora de adelanto. Me siento en
un banco a la salida del metro de Lavapiés, cerca de donde está la escuela de
la UNED en la que dentro de un rato empieza mi primera clase de filosofía.
Durante los peores años de mi
vida profesional, en los que tuve que relacionarme con personas a las que
espero no volver a ver jamás y olvidar pronto, estuve a punto —tal fue el daño
que me infligieron— de volverme como ellas y de perder también las ganas de
aprender. Va por vosotras, malas personas.
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